La empresa optimista

La empresa optimista

El optimismo y el buen humor en la empresa nunca han estado muy bien vistos.

Se diría que la seriedad y el mal humor son unas habilidades imprescindibles para un buen rendimiento.

Es cierto que, cuando estamos muy concentrados, fruncimos un poco el ceño y es por eso, que, de forma inconsciente, le damos la vuelta y tenemos la sensación de que andar por la empresa todo el día con caras largas y de morros nos hace más inteligentes y eficaces.

De modo que, damos la imagen de personas serias y de que estamos absolutamente preocupados por nuestro trabajo. Mirar fijamente la pantalla, entrecerrando los ojos cuando pasa nuestro jefe. nos hace ganar muchos puntos.

Al final nos hemos ido al otro extremo y las personas con buen humor y proclives a la risa son consideradas algo necias e irresponsables.  

Y es que en general tenemos un estereotipo de persona optimista como alguien un poco iluso, que espera que siempre suceda lo mejor, sin ninguna razón que lo justifique.

Equivocadamente, en mi opinión.

El principal componente del optimismo

Porque el ingrediente principal del optimismo es la esperanza.

Y si nos ponemos a reflexionarlo…

¿Cómo habrían podido llegar hasta aquí nuestros antepasados sin esperanza?

Ante las duras condiciones de vida a las que se enfrentaban, era la esperanza lo que les daba ganas de vivir y reproducirse y además ponía en marcha su motivación para superar los retos diarios a los que la naturaleza les sometía.

Cómo decía el antropólogo canadiense Lionel Tiger:

“Apostar por la esperanza ante la incertidumbre es tan natural en nuestra especie como andar con dos patas”.

Y a pesar de los miles y miles de años transcurridos en nuestros días sucede exactamente lo mismo.

Esa esperanza a la que llamamos “activa”, además de hacernos ver como posible aquello que necesitamos, también nos proporciona la confianza para hacer todo lo necesario para conseguirlo.

Nos anima a transformar nuestros deseos en objetivos y principalmente a confiar en nuestra capacidad para superar las barreras que se interpongan en el camino.

El optimismo nos da confianza.

Hace más llevaderas las inevitables decepciones y sufrimientos de la vida, nos hace ver la temporalidad de lo que ocurre y por tanto crea la esperanza de futuro.

Sin embargo, no es tan simple. No todo el mundo nace con una personalidad optimista. Somos muchos los que pertenecemos al club del “vaso medio vacío” y para compensar unas tendencias innatas, nos toca trabajar un poco más para alimentar la confianza que tenemos en saber controlar nuestras circunstancias.

Para conseguirlo es fundamental el autoconocimiento y la introspección. Es importantísimo conocernos y poder configurar una opinión de nuestros recursos y fortalezas a fin de poder desarrollarlos y utilizarlas para nuestro bien. También de nuestras carencias o defectos. Tenerlos identificados, como mínimo, nos ayudará a no dejarnos llevar tanto por ellos y a tomar mejores decisiones.

En la medida que seamos conscientes de cómo de actuamos y cómo decidimos, y que el resultado está en nuestras manos, nos sentiremos más protagonistas, y más propensos a actuar y a resistir mejor.

Con voluntad y práctica iremos desarrollando funciones propias del estado optimista y positivo:

La intuición, porque seremos capaces de fiarnos de nuestra voz interior.

Nos acostumbraremos también a utilizar un estilo explicativo menos catastrófico que nos mantendrá en un estado anímico más positivo, no de depresión.  

Iremos fijando en nuestra memoria un mayor número de sucesos positivos, y de las cosas buenas que tenemos en nuestra vida, no solamente las negativas.

De modo que, no cabe ninguna duda de que, al aumentar nuestro optimismo, como resultado de la confianza en nuestra capacidad de funcionar, podremos afrontar con seguridad y determinación las pruebas a que nos somete la vida.

Al sentirnos más competentes y eficaces, tendremos ganas de más y seremos menos propensos a rendirnos a los primeros reveses.

Y esta valoración positiva de nosotros mismos, no solamente tiene efecto en nosotros si no que realza también la imagen que proyectamos, mejorando también nuestro entorno.

Conclusión

Al fin, podríamos concluir que un optimista es el que trabaja con entusiasmo para que pasen cosas buenas, y que sabe que también pasarán cosas malas, pero tiene la seguridad de que cuando lleguen sabrá superarlas. Por tanto, en el mundo de la empresa, contrariamente al paradigma imperante es muy importante tener empleados optimistas.

Porque este empleado optimista es «alguien» que:

Ha sido formado, conoce su trabajo y las herramientas para llevarlo a cabo y ha tenido la oportunidad de cultivar la confianza en sí mismo y en sus capacidades.

Que ha podido compartir de forma honesta dudas y problemas con sus compañeros, y la experiencia le dice que estarán ahí cuando los necesite.

Se sabe arropado por sus superiores, que le han apoyado y orientado en los momentos complicados.

Cuando en una empresa hay muchos «alguien» de este tipo, decimos que esa organización es optimista y por tanto INVENCIBLE.

Un saludo y feliz fin de semana!

Miquel Segura

Colaborador | http://www.liderazgoetico.com

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